Fue un domingo de septiembre, sin que ella lo hubiera planeado para ese día específico.
Había pasado por el cuarto de Eduardo esa mañana. Lo hacía pocas veces: los lugares de los muertos merecen privacidad, y Luciana había aprendido temprano que respetar a alguien que ya no está es no convertir sus espacios en altares donde uno va a recibir algo. Eduardo no estaba en ese cuarto. Estaba en otros sitios: en la manera en que Mary dejaba el café hecho sin preguntar, en la frase que Luciana usaba en