Stefan se quedó del lado de las salidas hasta que Aisha desapareció en el corredor. No por sentimentalismo, sino porque no había razón para irse antes.
En el coche de vuelta, solo, con el calor de Singapur contra la ventana, pensó:
Aisha Al-Mansouri no le había pedido nada en tres días. Ni su apellido, ni su agenda, ni su historia. Había traído la suya y la había puesto sobre la mesa —Sharjah, la conferencia, los cuadernos, la manera de mirar— sin necesitar que él le hiciera espacio.
Había ocupa