La persecución ya no tenía margen para el error.
Los motores rugían como bestias heridas mientras los vehículos atravesaban la autopista elevada a una velocidad que rozaba lo suicida. El viento golpeaba con furia los parabrisas y las luces de la ciudad se convertían en estelas borrosas, irreales, como si São Paulo misma estuviera conteniendo la respiración.
Carlos Beira sabía que se estaba quedando sin caminos.
—No aflojen —ordenó con la voz áspera, teñida de rabia—. ¡No aflojen! — Agarro su