El calor húmedo de la ciudad golpeaba los sentidos de Dulce mientras caminaba junto al hombre que había caído bajo su encanto. Cada paso era calculado, cada movimiento medido, como si aun en su locura tuviera un objetivo claro: Bella Vista. Su mente, fragmentada por la furia, la humillación y la enfermedad, la mantenía al borde del abismo, pero aun así, su coquetería era letal.
—Sabes… —dijo ella, con voz aterciopelada y peligrosa—, puedo entregarme a ti… tantas veces como quieras. Pero hay un