Veinticuatro horas después, Leah llegó a la granja. No fue una llegada triunfal. No hubo alivio inmediato. No hubo respuestas. Solo silencio. El camino de tierra seguía allí, igual que siempre, pero algo estaba distinto. Leah lo sintió incluso antes de cruzar la cerca. El aire estaba quieto, demasiado quieto, como si la vida hubiese sido arrancada del lugar sin previo aviso. Bajó del transporte con el corazón latiéndole con fuerza, las piernas temblorosas, el cuerpo exhausto, pero sostenido por una sola idea: Kevin… Emily… —Ya llegué, ya estoy aquí. —susurró, aunque no había nadie para escucharla y aunque ella lo sabía, necesitaba tener esa calma de que estaba allí, en donde este infierno había iniciado. Caminó despacio, como si temiera que el mínimo ruido pudiera romper algo invisible. Cada paso era un recuerdo. Cada metro recorrido la devolvía a escenas que todavía ardían en su piel: Kevin cargando a Emily, las risas suaves, las mañanas tranquilas, las noches llenas de promes
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