La opulencia de la mansión de Stefano Greco en Roma se sentía como una jaula de oro con los barrotes recién pulidos.Luciana Mancini se miró en el espejo del gran salón, ajustándose el collar de perlas que se sentía como una soga, el Barón Fabrizio Aldobrandi d’Arezzo entró con esa arrogancia aristocrática que le nacía de los apellidos y no del carácter.— Te ves deliciosa, mi pequeña Baronesa — dijo Fabrizio, acercándose con una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos — Stefano dice que eres una chica muy dócil, y que que has entendido que tu lugar es entre la élite, a mi lado, y no con criminales de baja estofa.Luciana bajó la mirada, fingiendo un rubor que era, en realidad, una náusea contenida, y recordó las palabras de Darío, « A veces hay que actuar, Luciana, sobte todo cuando tu vida depende de ello ».— He comprendido que pelear contra el destino es agotador, Fabrizio — murmuró ella con voz suave, casi quebrada — Solo quiero paz. Y si tú puedes dármela bajo tu apellido, acept
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