Aquella tarde, un sol de invierno, pálido y anaranjado, se filtraba por la ventana, proyectando sombras largas sobre el suelo de madera, Luciana estaba despierta, apoyada en varios almohadones, con el rostro todavía un poco demacrado pero con una claridad en sus ojos que Darío no veía desde hacía meses.Observaba con una sonrisa tenue cómo Darío, con una concentración casi cómica, intentaba limpiar las hojas de una planta de interior con un paño húmedo.— Pareces un jardinero con una misión militar, Darío — susurró ella, con la voz todavía un poco rasposa pero cargada de afecto y con aire juguetón.Darío se giró y le dedicó una mirada llena de una ternura que habría asombrado a cualquiera que lo hubiera visto disparar un arma semanas atrás. Se acercó a la cama y le besó la frente con una delicadeza infinita, como si ella fuera de porcelana.— Solo me aseguro de que el aire aquí sea tan puro como tú necesitas — respondió él, sentándose en el borde de la ca
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