Ariana El mar siempre me ha parecido honesto.No finge. No promete lo que no puede cumplir. Va y viene, como la vida misma, como todo lo que alguna vez creí perder y que hoy, milagrosamente, está aquí conmigo.Estoy sentada sobre una manta extendida en la arena, con los pies descalzos, sintiendo la brisa tibia del atardecer rozarme la piel. Frente a mí, Ethan persigue a uno de sus hijos mientras Mónica, con una risa suave, intenta evitar que el más pequeño termine completamente cubierto de arena. Ambos niños chillan felices, corren sin miedo, sin saber por suerte todo lo que estuvo a punto de romperse antes de que ellos llegaran al mundo.Sofía se les une, diminuta pero valiente, con un balde azul casi más grande que ella. Se tropieza, se levanta, vuelve a correr. Max y Alex, un poco más allá, están sentados sobre unas toallas, completamente concentrados en su videojuego portátil, discutiendo en voz baja como si el destino del planeta dependiera de ello. Los amo.—¡Eso no se hace a
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