Leonardo pasó cada uno de los controles sin decir una palabra de más. Su nombre abría puertas, pero su mirada era la que realmente apartaba a cualquiera que intentara detenerlo. Los guardias revisaron documentos, sellaron autorizaciones, cruzaron miradas incómodas antes de permitirle avanzar por los pasillos grises de la cárcel de mujeres. El aire allí era espeso, cargado de murmullos apagados y pasos que resonaban como advertencias. Martin caminó a su lado hasta la última puerta permitida, luego se detuvo.—Aquí lo espero, señor —dijo en voz baja.Leonardo asintió sin mirarlo y entró a la sala designada. Era un espacio pequeño, sin ventanas, con una mesa metálica al centro y dos sillas enfrentadas. Caminó de un lado a otro durante unos segundos, pasándose una mano por el rostro, conteniendo la urgencia que le latía en las sienes. El tiempo parecía estirarse de forma cruel, hasta que la puerta se abrió de nuevo.Un oficial ingresó primero, firme, seguido de Olivia, esposada, con el
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