Emma bajó las escaleras casi corriendo, el eco de sus tacones golpeando con furia el mármol mientras los hombres arrastraban a Harry inconsciente.
—¡Muévanse, par de imbéciles! —gritó—. ¡Traigan un médico ahora mismo!.
Uno de los hombres salió disparado por la puerta trasera. Otro regresó con una manta y comenzó a limpiar la sangre que manchaba el suelo, nervioso, mirando a cada rato hacia Harry.
Harry gimió, moviendo apenas la cabeza.
—No te preocupes… Emma —balbuceó—. Hierba mala… nunca muere