La primavera de 2070 llegó con una lluvia que no cesó durante tres semanas.El fiordo creció, los senderos se volvieron barro, y los arbustos del jardín, que habían florecido con la partida de Lena, ahora se mecían empapados bajo un cielo gris. Alma pasaba las horas mirando por la ventana, con la mirada perdida en el agua que caía sin pausa.—¿En qué piensas? —le preguntó Sol, sentándose a su lado.—En ella. En lo que dejó. En lo que no dijo.—Lo dijo todo.—No. Algo guardó. Lo siento.Los días pasaron. La lluvia no cesaba. Los visitantes seguían llegando, pero ahora había menos. El camino estaba difícil, decían. O tal vez era otra cosa. Tal vez el fiordo se estaba quedando en silencio, como si también estuviera de luto.Una tarde, mientras ordenaba el desván de la cabaña, Alma encontró una caja de madera que no había visto antes. Estaba detrás de unas mantas viejas, cubierta de polvo, con una cuerda atada alrededor. En la cuerda, un nudo que parecía haber sido hecho con cuidado, como
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