El verano de 2070 fue el más silencioso que nadie recordaba.
No porque faltaran los sonidos —el agua seguía chapoteando en el muelle, las hojas del árbol seguían susurrando, los visitantes seguían llegando y yéndose—, sino porque algo había cambiado en la forma de escuchar. Las preguntas ya no llegaban con la urgencia de antes. Se quedaban flotando en el aire, esperando, sin prisa.
Alma lo notó una tarde, mientras observaba a un grupo de niños jugar junto al árbol. No corrían, no gritaban. Cami