El verano de 2068 trajo consigo un nuevo tipo de visitante.No eran buscadores de preguntas, ni lectores del libro, ni curiosos atraídos por las historias. Eran personas que llegaban al fiordo con una quietud extraña, como si ya hubieran encontrado lo que buscaban, y solo necesitaran un lugar donde detenerse.Alma fue la primera en notarlo. Estaba en el muelle, mirando el agua, cuando una mujer de mediana edad se sentó a su lado sin decir nada. Se quedaron así, en silencio, durante lo que pareció una hora. Cuando la mujer se levantó para irse, Alma le preguntó:—¿Qué buscabas?—Nada. Ya encontré. Solo quería estar un rato donde el silencio no pesa.—¿Y aquí no pesa?—Aquí no.La mujer se fue. Alma se quedó pensando en lo que había dicho. El silencio que no pesa.En los días siguientes, más personas llegaron con esa misma quietud. No pedían historias, no preguntaban por el libro, no querían ver el árbol. Solo se sentaban en la orilla, o bajo las ramas, o en el porche de la cabaña. A ve
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