La primavera de 2071 llegó con una noticia que recorrió el fiordo antes de que nadie pudiera decirla con palabras: las manos vacías empezaban a llegar.
No eran mendigos, ni peregrinos, ni buscadores de algo. Eran personas que llegaban sin nada, que no pedían nada, que no esperaban nada. Se sentaban en la orilla, bajo el árbol, en el porche, con las manos abiertas sobre las rodillas, y se quedaban.
—¿Qué buscan? —preguntó Maja a una mujer que llevaba tres días sin moverse del muelle.
—No busco.