Era un día gris de marzo cuando Alma encontró la semilla.
No estaba en el jardín, ni bajo el árbol, ni en ninguno de los lugares donde las semillas solían estar. Estaba en el bolsillo de su abrigo, un abrigo que no usaba desde el invierno pasado. No sabía cómo había llegado allí. Solo que estaba.
—¿Qué es? —preguntó Sol, que la encontró en el porche, mirando la pequeña cosa oscura en su palma.
—No lo sé. Pero es la última.
—¿La última de qué?
—De las semillas que plantaron los que se fueron. La