El invierno de 2063 fue el más frío en décadas, pero dentro de la cabaña del fiordo, el calor del amor familiar mantenía a todos a salvo.Alma crecía día a día, y con ella, la certeza de que algo especial la acompañaba. Desde sus primeras semanas, sus ojos seguían movimientos que nadie más veía, y su sonrisa se iluminaba cuando alguien mencionaba a los que ya no estaban.—Es como Elin —decía Maja, maravillada—. Pero diferente. Más... quieta.—Es observadora —respondía Lena—. Ve, escucha, espera.—¿Espera qué?—Lo que tenga que venir.Erik pasaba horas con su hija, meciéndola bajo el árbol de las historias, contándole cuentos del abuelo, de las puertas, de la luz. Alma escuchaba con sus ojos grandes, y a veces sonreía como si entendiera.—Habla con alguien —dijo Elin una tarde, señalando a la pequeña.—¿Con quién? —preguntó Maja.—Con los abuelos. Con todos.Elin, con cinco años, se había convertido en una guía natural para Alma. Le enseñaba a reconocer las luces, a sentir las presenci
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