La puerta del departamento sonó con un timbre decidido, y Valentina, que estaba recogiendo papeles dispersos en la sala, levantó la vista con un sobresalto que no podía disimular.No esperaba visitas. Menos aún, a ella.Pero ahí estaba Elena, apoyada en el marco de la puerta, con la misma postura que había usado años atrás, la que indicaba que no venía a saludar por cortesía, sino a inspeccionar el terreno.Elena entró sin preámbulos, quitándose el abrigo con movimientos medidos, como quien sabe que su presencia altera todo lo que toca.Valentina notó inmediatamente los ojos de su hermana: se posaron en ella con precisión, como un bisturí.No había reproche explícito, no había preguntas todavía, pero había una carga silenciosa que hacía que el aire se espesara.—Hace tiempo que no venía por aquí —dijo Elena, rompiendo el silencio, mientras dejaba el abrigo sobre la silla del comedor—. Pero parecía necesario.Valentina se obligó a asentir, tratando de mantener un tono neutral, evitando
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