Elena no llegó a la oficina de Alexander con la intención de negociar ni de escuchar explicaciones suaves.Entró con paso firme, sin pedir permiso, como si el derecho a confrontarlo fuera una consecuencia natural de lo ocurrido.La puerta se cerró detrás de ella con un clic seco. El espacio era sobrio, controlado: la mesa amplia, los documentos ordenados, la vista de la ciudad filtrada por el vidrio.Nada en la habitación sugería conflicto, pero la tensión estaba allí, invisible y densa, como una corriente eléctrica bajo la superficie.—Podrías haber hablado antes —dijo Elena sin preámbulos—. Podrías haberlo hecho sin esperar al punto de no retorno, pero elegiste el día de la boda. El momento en que todo era irreversible, no fue un accidente.Su voz no temblaba, tampoco llevaba la carga del ataque personal. Era una acusación precisa, intelectual, diseñada para obligarlo a responder en el terreno de las ideas y no en el de las emociones.Alexander la miró con calma, como si evaluara la
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