Cuando el doctor salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí, el silencio se volvió tan pesado que parecía una losa presionando cada rincón.Liam permaneció quieto, de pie, sin acercarse a la cama. Sus ojos seguían fijos en Amara, pero no había ternura en ellos; solo una tormenta contenida.“Debería odiarte”, pensó con amargura.“Después de todo lo que hiciste, de todo lo que me arrebataste, de cómo me dejaste… ¿Por qué diablos sigo atado a ti? ¿Por qué soy un masoquista de tu amor, Amara? Me convertiste en un adicto a tu veneno, a tu toxicidad. Y, aun así, aquí estoy.”Liam se apartó unos pasos y se situó frente a la ventana.La ciudad brillaba allá afuera, vibrante, ajena a su sufrimiento. Él mantuvo la mirada fija en las luces lejanamente, intentando endurecerse, intentando convencerse de que nada quedaba entre ellos.En la cama, Amara abrió lentamente los ojos. Por un instante no supo dónde estaba.El olor a desinfectante, la luz tenue, la sábana fría… nada le era familiar.
Leer más