Las puertas de la comisaría se cerraron tras Zeynep con un chasquido metálico que pareció sellar una parte de su vida. Afuera, el aire de la noche no traía libertad, sino una tensión eléctrica. Kerim estaba apoyado contra el capó de su auto, una silueta oscura bajo la luz naranja de las farolas. A pocos metros, Baruk y Emmir observaban la escena, dos centinelas de un linaje que se desmoronaba.Kerim no se movió cuando la vio. No hubo un suspiro de alivio, ni un paso al frente para verificar si tenía heridas. Simplemente levantó un brazo y, con un dedo rígido, señaló la puerta del copiloto. Su rostro, iluminado lateralmente, parecía esculpido en mármol frío.—Sube al auto —ordenó Kerim. Su voz no era un grito, era un decreto.Zeynep obedeció en silencio, con la cabeza baja, sintiendo el peso de las miradas de los Seller sobre su espalda. Emmir, notando la tormenta que se gestaba en los ojos de su hermano, se acercó a Baruk y lo tomó suavemente del brazo.—Vamos, papá. Dejémoslos solos
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