En la gran sala de la mansión Seller, el aire se podía cortar con un hilo. Kerim caminaba de un lado a otro; sus pasos rítmicos y pesados sobre la alfombra persa sonaban como el segundero de una bomba a punto de estallar. Cada vez que llegaba al ventanal, apretaba los puños hasta que los nudillos se le ponían blancos, para luego dar media vuelta y repetir el recorrido.
Baruk, sentado en su sillón de orejas, lo observaba con una mezcla de cansancio y preocupación profunda. El patriarca parecía h