Kerim descendió las escaleras con el pulso todavía acelerado. El eco del ultimátum de Zeynep resonaba en sus oídos como un tambor de guerra. Al llegar a la sala principal, sumida en una penumbra apenas rota por la luz de la luna, se desplomó en el sofá de cuero. El silencio de la mansión le resultaba insoportable. En un arranque de furia contenida, golpeó el cojín con el puño, una, dos veces.—Maldita sea... —susurró, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos. Se sentía como un animal atrapado en una red de seda; cuanto más luchaba, más se enredaba.En ese momento, el leve tintineo de hielos contra el cristal rompió su aislamiento. Emmir salía de la cocina, sosteniendo un vaso de whisky con una mano y la otra hundida en el bolsillo de su pantalón. Al ver a su hermano menor derrotado en el sofá, una sonrisa cínica, pero no exenta de afecto, se dibujó en su rostro.—Vaya, miren a quién tenemos aquí —dijo Emmir, su voz arrastrando el cansancio de su propia noche infernal—. El cab
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