El sol comenzaba a ocultarse tras las colinas, tiñendo el cielo de un color violeta mortecino que presagiaba una noche sin estrellas. El auto de Abram estaba estacionado en una vereda solitaria, lejos del bullicio de Estambul y de las miradas inquisidoras de la mansión Seller. Dentro del vehículo, el silencio era tan denso que el motor en ralentí sonaba como un rugido.
Zeynep miraba fijamente el perfil de Abram. Sus manos, entrelazadas sobre su regazo, no dejaban de jugar con el anillo que Keri