El estruendo de la puerta principal al abrirse sacudió los cimientos de la mansión. Baruk Seller no entró, invadió el vestíbulo con una energía oscura que hizo que el personal de servicio bajara la mirada de inmediato. Sus pasos, pesados y rítmicos, resonaron en el mármol como una sentencia.—¡Selim! ¡Selim! —rugió Baruk, su voz cargada de una vibración metálica que denotaba una furia contenida—. ¡¿Dónde estás?!Selim, que se encontraba en la cocina supervisando los últimos detalles de la cena, salió apresurada, secándose las manos en un paño fino. Al ver el rostro desencajado de su esposo, sintió que un escalofrío le recorría la espalda.—Aquí estoy, Baruk. —Por el amor de Dios, no grites —dijo ella con suavidad, tratando de calmar la tormenta—. ¿Qué sucede?Selim se acercó y, con movimientos mecánicos nacidos de años de matrimonio, le ayudó a quitarse el pesado saco de lana. Baruk no se relajó; sus hombros seguían tensos como cuerdas de violín.—¿Dónde está Ariel? —preguntó él, igno
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