La noche empezaba a reclamar los dominios de la mansión Seller. Kerim estaba de pie en medio del jardín, rodeado por el aroma dulce de los jazmines y la humedad del césped recién regado. Sin embargo, su mirada no reflejaba paz; era una superficie de hielo, fija en un punto inexistente entre las flores. El silencio de la propiedad solo era interrumpido por el canto rítmico de los grillos, hasta que el vibrar metálico de su teléfono en el bolsillo rompió el trance.
Kerim sacó el dispositivo y vio