La atmósfera en la Mansión Han no era de calidez doméstica, sino de poder contenido y formalidad helada. El vestíbulo era de mármol blanco y negro, con techos abovedados que amplificaban cada paso y cada silencio. La suite principal, sin embargo, era un refugio de terciopelo y sombras, aunque no menos opresiva.Graciela Han, la matriarca, mantenía el móvil pegado a su oreja. No había sido la voz de Adrián, sino la de su asistente personal, Ahn, quien acababa de informarle que su hijo no respondería la llamada. En lugar de ello, Adrián había enviado un mensaje críptico y arrogante: “Luna de miel. Sin agenda. Sin interrupciones.”De repente, oyó el sonido seco y final de la línea colgando. Alejó el teléfono de su oreja, mirando el nombre de su único hijo en la pantalla. Soltó un suspiro pesado, que era más un gruñido de exasperación.Ahn, su asistente, que había estado esperando en la puerta con la calma de quien está acostumbrado a presenciar terremotos emocionales, extendió sus manos
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