—¡Karla! —El nombre de mi hermana me devolvió a la realidad con la potencia de una alarma que se encendió dentro de mí. Una oleada de culpa me inundó; dos días sin llamarla harían que mi hermana mayor, por actitud, no por edad, estallara.
Me levanté de golpe de la cama y corrí hacia la mesita de noche. Tomé el teléfono y la pantalla me gritó el número de la catástrofe: 18 llamadas perdidas. Miré el móvil atónita.
Adrián se asomó por detrás de mí. —Wow. Dieciocho llamadas perdidas. Ese es un nuevo récord —dijo, divertido.
Levanté la cabeza para mirarlo, haciendo un gesto de seriedad.
—Ya veo que la intensidad es de familia —comentó él, alzando los brazos en señal de rendición—. ¡Solo bromeo! —Soltó un gesto de “esta bien, esta bien”
Lo miré con los párpados entrecerrados. Adrián soltó una risa suave y se alejó, dándome el espacio que necesitaba. Volví a mirar el teléfono, respiré hondo y marqué su nombre para llamar.
Puse el móvil en mi oreja, me senté con calma en la cama, con cuidad