—¡Karla! —El nombre de mi hermana me devolvió a la realidad con la potencia de una alarma que se encendió dentro de mí. Una oleada de culpa me inundó; dos días sin llamarla harían que mi hermana mayor, por actitud, no por edad, estallara.
Me levanté de golpe de la cama y corrí hacia la mesita de noche. Tomé el teléfono y la pantalla me gritó el número de la catástrofe: 18 llamadas perdidas. Miré el móvil atónita.
Adrián se asomó por detrás de mí. —Wow. Dieciocho llamadas perdidas. Ese es un nue