La primera señal de que el aislamiento estaba funcionando no fue el silencio, sino el olvido.
Valeria lo notó al salir del despacho y cruzar el pasillo principal del piso 49. Dos empleados de seguridad pasaron junto a ella sin saludarla. No con descortesía, sino con una neutralidad absoluta, como si su presencia no activara ningún registro mental. Sus credenciales seguían colgadas de su cuello, visibles, válidas… e irrelevantes.
—Ya empezó —murmuró.
Adrián caminaba a su lado, con las manos en l