La lluvia golpeaba el techo del Jeep como una descarga de metralleta. Adrián hundió la llave en el contacto, con los músculos del cuello tan tensos que parecían a punto de romperse. El motor rugió, pero antes de que pudiera meter la primera marcha, una figura surgió de entre las sombras del muelle de carga, bañada por el blanco cegador de los faros. Adrián clavó los frenos por puro instinto. Sus manos volaron hacia el arma oculta, pero se detuvo en seco. Allí, con el agua escurriendo por su ropa y las manos alzadas en un gesto de rendición absoluta, estaba Gonzalo. —¡ALTO! ¡POR FAVOR, ALTO! —gritó Gonzalo, su voz apenas audible sobre el estruendo de la tormenta. Adrián y Valeria se quedaron inmóviles, como estatuas de sal. El silencio dentro del coche era tan pesado que resultaba difícil respirar. Valeria, con el rostro pálido y los ojos desorbitados, apoyó las manos en el tablero. —¿Gonzalo? —susurró ella, como si estuviera viendo a un fantasma. Gonzalo bajó las manos lentamen
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