La lluvia comenzó al anochecer. Un aguacero frío y persistente que golpeaba los ventanales del ático como si intentara entrar. Alexander no encendió las luces. Se sentó en el suelo, apoyado contra el sofá, observando cómo las gotas corrían por el cristal, distorsionando las luces de la ciudad en manchas de color borrosas y agonizantes.La renuncia estaba hecha. El interinato de Charles, un hecho. El mundo había seguido adelante. El silencio en el ático era ahora total, absoluto, roto solo por el tamborileo de la lluvia y el leve zumbido de la nevera.En el vacío, no había adónde huir. No había juntas a las que escapar, llamadas que atender, crisis que apagar. Solo quedaba él. Y sus pensamientos. Un ejército de pensamientos que había estado reprimiendo durante meses, años, y que ahora avanzaba sobre él, despiadado y claro.La imagen que se repetía, una y otra vez, no era la de Charles levantando la mano para votar. No era la de los accionistas frunciendo el ceño. Era la de Olivia, de p
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