El amanecer del día decisivo no llegó con un estallido de luz, sino con un gris lento y perezoso que se filtró entre las persianas cerradas del ático. Alexander había pasado la noche en vela, sentado en el mismo sillón de cuero, viendo cómo las sombras alargadas de los muebles se retorcían y luego se desvanecían.
Las dieciocho horas de gracia que Charles le había dado se habían convertido en un tictac obsesivo en su mente. Ahora solo quedaban minutos. Cada latido de su corazón parecía contar la