La noticia de la adquisición llegó a Charles como música.No la supo por los reportes. Ni por los correos corporativos. La supo porque él lo había orquestado.El dueño de Aura, un hombre desesperado llamado Donovan, había estado en contacto con él durante semanas. "Nadie quiere comprar este desastre", le dijo Donovan por teléfono, la voz temblorosa. "Las deudas, los juicios... es una cloaca."Charles le dio un consejo. "No la vendas como un desastre. Véndela como una oportunidad subvalorada. Habla de su alma. De su potencial. Usa esas palabras."Y luego, casualmente, mencionó en una cena con inversores: "Qué pena con Aura. Con la visión correcta, podría ser algo especial." Sabía que Alexander escucharía. Sabía que, en su estado, la palabra "visión" lo engancharía. Como un anzuelo con el cebo perfecto.Cuando supo que Alexander había hecho la oferta, Charles llamó a Donovan.—Acepta —le dijo—. Sin negociar. Sin pedir más. Acepta rápido, antes de que cambie de opinión.—Pero cuarenta mi
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