El apartamento seguro ya no se sentía como un escondite temporal. Se sentía como un útero de cemento y silencio. Olivia había pasado de huésped a habitante. Cada objeto tenía su lugar ahora. Los pocos muebles que compró de segunda mano. Los libros de arquitectura y crianza apilados en el suelo. La luz del patio interior, que cambiaba de gris a dorado pálido según la hora, era su único reloj natural.Su cuerpo había cambiado. El embarazo avanzaba, implacable y verdadero. Seis meses. Una curva firme y pesada que ya no podía ignorar ni esconder. El bebé se movía con frecuencia, sobre todo de noche. Patadas suaves, giros lentos, hipo. Un recordatorio constante de que la vida dentro de ella era lo único real, lo único que importaba fuera de las paredes de esta habitación.Pero algunas tardes, cuando la luz era más débil y el silencio más denso, la tentación la vencía. Encendía la pequeña radio de transistor que había comprado en una tienda de barrio. No para música. Para las noticias. Sint
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