Los días que siguieron a la renuncia se fundieron en una sola niebla gris.
Alexander no salió del ático. Las persianas permanecieron cerradas, creando un crepúsculo perpetuo. El tiempo perdió significado. Amanecer, mediodía, anochecer: todo era lo mismo. Un interminable presente de derrota.
El primer día, llamaron. Periodistas. Ex colegas. Amigos lejanos que querían "ver cómo estaba". Alexander dejó que el contestador tomara todos los mensajes. La voz robótica se llenó de preocupaciones falsas