El voto de confianza no fue un freno. Fue el empujón final hacia el abismo.
Alexander no volvió a ser el mismo. Cómo podría. Había sido desnudado frente a los dueños reales de su empresa. Su autoridad, ya agrietada, ahora era transparente. Todos veían las fracturas.
Al principio intentó fingir normalidad. Llegaba a la oficina temprano. Asistía a reuniones. Firmaba documentos. Pero era un autómata. Un espectro en traje caro.
Su asistente, Laura, fue la primera en notar el cambio real.
—Señor Van