30. El sabor de la traición
Sentí el sabor metálico de la sangre en su labio partido mientras Jalid intentaba profundizar el beso. Durante unos segundos me quedé congelada, con los ojos abiertos de par en par, procesando la brutalidad de su boca contra la mía. Jalid temblaba; no sabía si por la rabia, por las secuelas de la paliza que Kedar le había mandado dar, o por una mezcla de ambas. Su agarre en mi cintura quemaba, pero la furia no tardó en reaccionar dentro de mí, sustituyendo al shock inicial.Con un movimiento seco, apoyé las palmas de mis manos contra su pecho herido y lo empujé hacia atrás con todas mis fuerzas.—¡Suéltame! —siseé— ¿Te volviste loco? ¿Qué te pasa?Jalid retrocedió un par de pasos, llevándose una mano a las costillas con una mueca de dolor agudo, pero sus ojos inyectados en sangre no se apartaron de mí. Detrás de él, Samara permanecía inmóvil contra la pared, pálida como un fantasma y con las manos cubriéndose la boca.— No estoy pensando con claridad, eso es seguro— Murmuró con rabia
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