37. Sí tú supieras.
Samara estaba viéndome como si yo hubiese cometido “otro” delito. Y digo otro porque, efectivamente, mi historial delictivo ya sumaba dos personas. No es que me sintiese orgullosa de esa parte de mi vida, pero en vista de las circunstancias, no me quedaba más remedio que tener ese detalle presente en caso de que mi álter ego decidiera aparecer por ahí.Estábamos en el escondite de Jalid, recuperando de entre sus cosas todo lo que él había pedido: documentos, dinero, joyas y un sinnúmero de carpetas con información de lo que parecían ser negocios. Tuve la intención de revisarlas una por una, pero Samara impidió que lo hiciera; según ella, por nuestro propio bien. No quise inmiscuirme, así que guardé todo en la maleta tal y como lo habíamos encontrado.—Entonces, tú y Kedar ya hicieron las paces. Si me lo preguntas, me parece genial. Está suave como un gatito. Eso nos conviene.—No tanto como eso, pero algo es algo. Lo noto menos alterado. Lo único que no me gusta es que tiene al abuelo
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