24. Contra reloj
Las reglas de mi familia siempre habían sido simples: Sé una buena hija. No le cuentes a nadie nuestras disputas. Por ningún motivo hables de tus traumas. Pero, sobre todo, mantén a tu esposo contento para que se alíe con nosotros y podamos recuperar nuestro estatus. Ah, y por supuesto, no olvides embarazarte. Esa parte era vital para ellos; el único problema es que los embarazos estaban fuera de discusión. Yo no podía tener hijos.—Entonces, ¿usted dice que este conjunto sirve para provocar a un hombre? —le pregunté a la asistenta de la tienda de lencería, sosteniendo dos pedazos de tela ridículamente pequeños.—Por supuesto que sí, señora. Es lo mejor que tenemos en la línea femenina —respondió con una sonrisa experta— ¿Le gustaría ver otros modelos? Quizás prefiera uno que se ajuste más al gusto de su esposo.—Ah, sí... bueno. Es que no conozco mucho los gustos de mi esposo —murmuré, forzando una mueca mientras le entregaba mi tarjeta de pago— Creo que este está bien. Por favor, em
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