Salvatore deslizó el dedo por la pantalla del celular con un suspiro de resignación, aceptando la videollamada. Apoyó el dispositivo contra una botella de whisky en su escritorio, cruzándose de brazos mientras la imagen se estabilizaba.En la pantalla aparecieron dos figuras en un entorno que parecía una oficina de inteligencia, con mapas digitales de fondo. Uno era Sebastián, con cara de pocos amigos. El otro, una sombra imponente con el ceño fruncido, era el hombre agendado como "Yankee".Salvatore, con su cinismo característico y una media sonrisa ladina, rompió el hielo: —Hey, ¿cómo les va, chicos? Pensé que solo tendría que soportar a Sebas, pero ahora también estás tú, Cariño. Qué honor.Una voz ronca, cargada de autoridad militar, se escuchó al otro lado de la pantalla, cortando el aire como un cuchillo. —Déjate de tonterías, Salvatore. ¿Qué mierda te ocurre? —El hombre giró la cabeza hacia su compañero—. Y tú, Sebastián, creo que fui muy específico cuando te dije que la cuidar
Leer más