La mansión de Las Vegas, usualmente un monumento a la opulencia y el desenfreno, se había transformado en un mausoleo de lujo. El aire, filtrado por un sistema de climatización de última tecnología, arrastraba dos fragancias en una lucha encarnizada: el aroma cálido y reconfortante del cordero al romero y la pasta fresca que Madeleine preparaba en la cocina, y el olor gélido, dulce y asfixiante de los cientos de lirios y rosas blancas que ya inundaban el gran salón. Era la dualidad de la vida y la muerte, servida sobre manteles de lino.Arriba, en el descanso de la gran escalinata de mármol, Francesco terminó de ajustarse los puños de su camisa negra. Se sentía como un intruso en su propia tragedia. A su lado, Isabella permanecía imperturbable, su vestido azul moviéndose con una elegancia líquida; cada paso era un recordatorio de que, aunque su cuerpo aún sanaba, su voluntad seguía siendo de acero.Cuando ambos comenzaron a descender, el silencio se apoderó del vestíbulo. Abajo, el gr
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