La mansión Volkov, no lucía como un hogar esa noche. Parecía más bien un campo de batalla iluminado por la artillería de los flashes. Una muralla de periodistas, cámaras y micrófonos se agolpaba contra las puertas de hierro, ansiosos por una pizca de escándalo o una gota de confirmación.Dentro de la primera limusina, Nino Montreau estaba en su elemento. Lejos de amilanarse por el caos exterior, soltó una carcajada sonora y comenzó a dar saltitos infantiles sobre el cojín de cuero del auto, aplaudiendo con la misma alegría de un niño frente a un gran helado de chocolate.—¡Oh, adoro el olor a chisme fresco por la noche! —exclamó Nino, con los ojos brillando—. ¡Míralos, Leónid es fabuloso!Leónid, sin embargo, no compartía el entusiasmo. Su rostro era una máscara de piedra mientras sacaba su teléfono y marcaba el número de Mike Lauren.—¿Dónde están? —preguntó Leónid en cuanto escucharon el clic de la conexión.En el otro vehículo, Mike puso el altavoz. La voz de Leónid resonó con auto
Leer más