Anya observó con un horror paralizante cómo Jake se desplomaba. El sonido del disparo aún rebotaba en las paredes del lujoso apartamento, un eco sordo que parecía haber succionado todo el oxígeno de la habitación. Jake cayó al piso con una bala alojada en el centro del pecho, sus ojos abiertos de par en par, fijos en un punto inexistente del techo.—¡No! —el grito de Anya fue desgarrador, una nota aguda que se quebró en su garganta.Se lanzó hacia él, cayendo de rodillas sobre la alfombra. Sus manos, antes firmes sobre el arma, ahora buscaban desesperadamente contener la vida que se escapaba. Presionó la herida con fuerza, pero la sangre, espesa y caliente, brotaba de la boca del hombre en el momento exacto en que ella intentaba reanimarlo. Jake intentó articular una palabra, un último mensaje, pero ella le negó con la cabeza frenéticamente, sollozando.—No hables, cállate... vas a estar bien. No te preocupes, mi amor, van a venir por nosotros, vamos a ir al hospital —balbuceaba ella,
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