La mansión Volkov, no lucía como un hogar esa noche. Parecía más bien un campo de batalla iluminado por la artillería de los flashes. Una muralla de periodistas, cámaras y micrófonos se agolpaba contra las puertas de hierro, ansiosos por una pizca de escándalo o una gota de confirmación.
Dentro de la primera limusina, Nino Montreau estaba en su elemento. Lejos de amilanarse por el caos exterior, soltó una carcajada sonora y comenzó a dar saltitos infantiles sobre el cojín de cuero del auto, apl