El llanto de Rosella se escuchaba con fuerza en toda la habitación. Era un sonido triste que no lograba conmover a Leónid. Él seguía de pie, con las manos en los bolsillos, mirándola con mucha rabia. Se sentía como un tonto por haber confiado en ella durante tanto tiempo.
—Levántate, Rosella —ordenó Valeria con firmeza—. Llorar no te va a servir de nada esta noche. Queremos nombres y queremos la verdad ahora mismo.
Rosella estaba temblando. Se apoyó en la orilla de la cama para tratar de calmarse un poco, pero no se atrevía a mirar a Leónid a los ojos. Estaba muerta de miedo.
—Fue... fue la señorita Anya —dijo al fin. El nombre quedó flotando en el aire como algo sucio—. Ella me obligó. Me dijo que si no le contaba todo lo que pasaba en la casa, se encargaría de que nadie me diera trabajo en Rusia. Me asusté, jefe. Yo solo soy una empleada. ¿Qué podía hacer yo contra una Volkov?
Leónid soltó una risa amarga. Se acercó un paso a ella, y su sombra cubrió por completo a la mujer que segu