El llanto de Rosella se escuchaba con fuerza en toda la habitación. Era un sonido triste que no lograba conmover a Leónid. Él seguía de pie, con las manos en los bolsillos, mirándola con mucha rabia. Se sentía como un tonto por haber confiado en ella durante tanto tiempo.
—Levántate, Rosella —ordenó Valeria con firmeza—. Llorar no te va a servir de nada esta noche. Queremos nombres y queremos la verdad ahora mismo.
Rosella estaba temblando. Se apoyó en la orilla de la cama para tratar de calmar