El chasquido de los flashes y los gritos de la prensa se extinguieron de golpe al cerrarse las pesadas puertas de la mansión. El silencio que siguió no fue de paz, sino de una tensión eléctrica, un vacío aterrador que zumbaba en los oídos de todos los presentes. El vestíbulo de la mansión Volkov, con su mármol frío y sus sombras alargadas, parecía estar conteniendo el aliento.
Leónid se desprendió del brazo de su madre con un movimiento brusco, como si el contacto le quemara. Su mandíbula estab