El rey vampiro, con sus ojos carmesí brillando en la penumbra, sintió un pulso de hambre antigua despertarse en su interior. No era solo sed de sangre; era el anhelo de poseerla por completo, de romper las barreras de su inocencia humana con la crudeza de su naturaleza inmortal.Kaiser no se movió de inmediato. En cambio, la miró fijamente, su mano aún en la cadera de ella, sintiendo el calor que irradiaba a través del pijama viejo. El apartamento, con su ruido constante de la ciudad: cláxones lejanos, voces gritando en la calle, se desvanecía en el fondo, dejando solo el latido acelerado de Valentina y el silencio eterno que él llevaba consigo.—Oh, mi pequeña humana —ronroneó él, su voz baja y sucia, cargada de una promesa obscena—. Quieres que te tome ¿eh? Que te folle como la virgen que eres, hasta que grites mi nombre y olvides todo lo demás —sus palabras eran deliberadas, crudas, diseñadas para encenderla más, para hacerla sonrojar y temblar. Sabía que era virgen, Kaiser lo ha
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