El silencio post-coital, ese refugio sagrado que habían construido con pétalos de rosa y promesas susurradas, se hizo añicos con la vibración insistente y metálica de un teléfono sobre la madera del suelo. Nick, con los sentidos todavía embotados por el aroma de Isabella, estiró un brazo musculoso y alcanzó el dispositivo. La luz de la pantalla iluminó sus facciones endurecidas, revelando una expresión que pasó de la calma a una furia gélida en menos de un segundo.El mensaje de Rocco era una sentencia: «Lobo, aborta. Nos han vendido. Tu padre sabe que ella está aquí».—Maldita sea —gruñó Nick, incorporándose con la agilidad de un depredador que detecta el peligro antes de verlo.Isabella, que observaba la tensión en los hombros de Nick, se sentó en la cama, cubriendo su desnudez con la sábana de seda, aunque sus ojos ya buscaban su ropa en la penumbra.—¿Qué pasa, Nick? —preguntó, aunque su instinto ya le estaba dando la respuesta.—Nos han vendido, Isabella —respondió Nick mientras
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