En la penumbra de la habitación de la clínica, el único sonido era el rítmico pitido de los monitores. Después de despedirse de Salvatore, Isabella no había soltado la mano de su hermana ni un segundo, transmitiéndole una fuerza silenciosa a través del contacto. De pronto, los párpados de la joven temblaron y se abrieron, desenfocados por el remanente de los sedantes. Al reconocer el rostro de Isabella, las lágrimas desbordaron de inmediato sus ojos pálidos.—Isa... —susurró Alessa con la voz quebrada por el llanto—. Te juro que yo no lo hice... ella me obligó, yo no quería hacerlo, te lo juro...Isabella apretó su mano con firmeza, con los ojos encendidos por una furia contenida que amenazaba con desbordarse.—No te preocupes, pequeña. No digas nada más. Yo lo sé perfectamente; sé que no fue tu culpa y que jamás harías algo así. Pero ya estoy aquí, Alessa, y te prometo que nadie volverá a ponerte una mano encima mientras yo respire.En ese momento, el doctor entró en la habitación. T
Leer más