Después de la despedida al «Valiente», Bora Bora les regaló dos días más de un sol que no quemaba y de una brisa que parecía susurrarles al oído que, por un momento, el mundo exterior había dejado de existir. Eran cuarenta y ocho horas de una calma irreal, un pacto tácito con el destino para detener el reloj y permitir que las almas, todavía en carne viva, encontraran una costra de protección.Durante esos días, el bungalow se convirtió en un santuario. Isabella y Nick pasaban las mañanas entrelazados bajo las sábanas de hilo, despertando mucho después de que el sol estuviera en lo alto. No había alarmas, ni teléfonos satelitales sonando, ni el eco de las órdenes de Giuseppe o Scott. Solo estaba el ritmo de sus respiraciones sincronizadas.Nick se dedicó a ella con una ternura que rozaba lo sagrado. La cuidaba como si fuera el tesoro más frágil del universo, no desde la lástima, sino desde un amor puro y renovado. Cada mañana, con una paciencia infinita, él mismo se encargaba de limpia
Ler mais