El tiempo dejó de avanzar en línea recta. Empezó a moverse en capas, superponiéndose: el pasado que aún dolía, el presente que exigía atención constante y un futuro que, por primera vez, no se sentía como una amenaza sino como una posibilidad frágil, cuidadosamente sostenida entre las manos.La rutina se volvió un territorio nuevo que aprender.Las mañanas ya no eran solo mías. Mateo se despertaba temprano, siempre con una pregunta distinta, siempre con una urgencia que no admitía espera. Gavin preparaba el café con una precisión casi ritual, como si ese gesto fuera una forma silenciosa de prometer estabilidad. Yo observaba ambos mundos encontrarse en la cocina, y todavía me sorprendía no sentir la necesidad de huir.A veces, el miedo aparecía sin avisar.Una tarde, mientras revisaba correos en el despacho, encontré un mensaje antiguo reenviado por error. Una conversación de otro tiempo, otra versión de mí: más dura, más sola, más desesperada por demostrar que no necesitaba a nadie. L
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