Los días comenzaron a adquirir una rutina inesperada, una que no estaba construida a base de crisis ni de decisiones al límite. Era una rutina sencilla, casi tímida, como si la vida misma estuviera probando hasta dónde podía avanzar sin romper nada.
Gavin no se mudó oficialmente al apartamento. No aún. Tenía su propio lugar, a veinte minutos en coche, pero aparecía cada mañana con una puntualidad que empezaba a ser sospechosa. A veces traía café. A veces pan recién hecho. Otras veces nada, solo su presencia tranquila y esa manera suya de observarlo todo como si evaluara el mundo con una lógica privada.
Mateo lo adoptó sin reservas.
—Tío Gavin, hoy en el colegio aprendimos sobre los planetas —anunció una mañana, mientras se ponía los zapatos a toda prisa—. Marte es rojo porque tiene óxido. Como el hierro.
—Entonces Marte es básicamente una gran chatarra espacial —comentó Gavin con total seriedad.
Mateo se quedó pensativo unos segundos. —…Sí.
Yo me reí desde la cocina.
—No lo confundas.